Policías de balcón
- Lucía P. Álvarez

- 19 abr 2020
- 2 min de lectura
Como en toda crisis, ya sea económica, política o sanitaria, siempre surgen nuevas figuras que se convertirán en parte de la leyenda negra. En el caso de la epidemia del coronavirus serán los ya denominados “policías de balcón”, esos vecinos metomentodo que vigilan las calles como si fuesen James Stewart en ‘La ventana indiscreta’. Pero en su caso, en vez de espiar a asesinos, espían a los que tienen la suerte de pasear un perro o la mala suerte de tener un trabajo que no se puede desempeñar desde casa.
El sábado ocurrió en nuestra calle un episodio de película. Mis compañeras, debido a su gran capacidad auditiva comparada con la mía, escucharon un poco confusas parte de la escena y me la contaron luego. Elena estaba en la terraza cuidando de sus plantas cuando la policía se personó en el portal del edificio de al lado. Al parecer, estaban acusando de algo a una chica que estaba acompañada de amigos, o los que creemos que eran sus amigos. De repente, los vecinos salieron a los balcones y vociferaron cosas como “estos siempre están por ahí tirando sus cigarros” o “nos amenazan cuando les llamamos la atención por lo que hacen”. Para completar la escena, se metió también la vecina del edificio de enfrente, la que sale siempre la primera a aplaudir a las ocho, gritando “agente, esa chica sale mucho todos los días, que la veo yo salir todos los días”. Al parecer, estaban acusando a la chavala de hacer algo ilegal en este estado de la alarma en el que vivimos, como una fiesta clandestina o salir mucho a la calle. La chica abandonó el barrio llorando, con la correspondiente regañina de policías y vecinos.
Vivimos en una mala época para el género humano. Nosotras no habíamos presenciado todavía escenas como esta, pero sí habíamos leído en las redes sociales que hay comunidades de vecinos enteras amenazando a los médicos/enfermeros que viven en el edificio para que no vuelvan más por si les contagian el bicho. O vecinos insultando en los balcones a personas con discapacidad que necesitan salir a la calle y lo hacen de forma legal. O ríos de tinta amenazando a los “madrileños” (en realidad la mayoría son gente de provincias que vive en Madrid) que deje de desplazarse a lugares de costa o pueblos de interior. O pintadas en las casas de la primera familia del pueblo contagiada por coronavirus, casi recordando a episodios como la masacre de Puerto Hurraco. Y es que siempre hay gente que quiere ser más papista que el papa y velar por la seguridad de sus gentes.
En otro orden de cosas, mi padre, que es transportista y cumple con su función esencial arriesgándose al contagio y lidiando con el cierre de cada área de servicio de España, está camino de Madrid no para visitarme, sino con un camión lleno de Estrella Galicia. No es un héroe que viene a rescatarme a mí, sino en el fondo un héroe que nos rescata a todos y con eso me conformo.
Mi padre sí que se merece aplausos. Gracias, papá.



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